© yurenarodriguez.com                                             C/Bienvenido, 5. Vecindario

Psicóloga  en Vecindario                                            Gran Canaria.                                                                                                                                                                                                                   

                                                                                             

 

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¿Es la queja una sana costumbre? ¿Hay alguna manera de pararla?

23.11.2017

¿Por qué nos quejamos?

 

La queja es una expresión de malestar debido a la tensión generada por un imprevisto, un fastidio o debido al desacuerdo con el comportamiento de alguien. Está directamente relacionada con la frustración que nos genera un acontecimiento indeseado. Nos quejamos por cosas nimias del día a día pero a veces también por cosas que consideramos merecen toda nuestra atención porque pueden marcar, en mayor o menor medida, el curso de nuestra vida. 

 

 

Algunos motivos de por qué nos quejamos:

 

Para encontrar compasión al compartir nuestro malestar con otras personas.

Para recibir atención de los demás.

Para recibir consejo sobre posibles soluciones.

Para recibir apoyo o aliados.

Porque no aceptamos que a veces ocurren cosas que no nos gustan.

Porque nos da miedo no tener el control o nos da miedo la incertidumbre.

Por miedo a poner en práctica la solución que resolvería el problema.

Cuando parece la única alternativa para reducir el malestar por algo que no está en nuestras manos cambiar.

Para no dar el paso con la solución que sabemos que sí está en nuestras manos pero que nos alejaría de nuestra “zona de confort”.

 

 

¿Funciona el quejarse?

 

Una de las funciones más inmediatas de la queja es encontrar el alivio tras el suceso que nos ha generado tensión. Es decir, en general, nos quejamos por puro desahogo. Sin embargo, si tenemos en cuenta cómo queda la situación a la larga o lo que genera en el entorno en el que expresamos nuestra molestia, este desahogo a corto plazo no siempre trae buenos resultados.

 

Pero protestar puede tener su lado bueno, si con ello conseguimos que se nos escuche cuando reclamamos algo que consideramos “justo”.  En este caso, se trata de poner una balanza teniendo en cuenta el objetivo que perseguimos con la queja, el coste que va a suponer la tediosa insistencia y si existen otras alternativas posibles.

 

 

 

 

¿Qué produce en quienes la expresan y en quienes la escuchan?

 

Algunos efectos negativos de la queja pueden ser, por un lado, que nos quedamos en el desahogo puntual y no buscamos soluciones para resolver el problema y, por otro lado, que contaminamos el estado de ánimo de las personas a las que hacemos partícipes de nuestro descontento. Por ello, en estas situaciones, es normal que nuestro entorno empiece a evitarnos o a huir de ciertos temas de conversación para no verse arrastrados por el mal humor que genera el lamento continuo. 

 

Expresar quejas de forma habitual no solo nos hace centrarnos en los problemas y no en las soluciones, sino que entrenamos a nuestra mente a prestar atención a lo que no nos gusta y a lo que no funciona. De este modo, corremos el riesgo de convertimos en detectores de fracasos, de injusticias o de problemas. Y como hemos dicho que la queja nos ayuda a liberar a corto plazo parte de la tensión que nos generó la situación desagradable, continuaremos quejándonos si no buscamos una alternativa.

 

 

¿Qué dicen los estudios?

 

Algunas investigaciones parecen sugerir que la queja continua incrementa los niveles de cortisol, lo que hace que aumente la vivencia de estrés y que el organismo se sitúe en una situación similar a la del ataque o la huida. Esto tiene sentido si tenemos en cuenta que el solo hecho de pensar en una situación estresante lleva a nuestra mente a actuar como si ello realmente estuviera ocurriendo. También hay quienes argumentan que el quejarse reduce el área del hipocampo. Sin embargo, aunque esto pudiera ser cierto, no hay evidencia clara de tales afirmaciones pues los estudios citados solo relacionan este deterioro con el estrés y no con el comportamiento específico de quejarse. 

 

De cualquier modo, uno mismo puede comprobar de inmediato cómo cambia el estado de ánimo después de quejarse  reiteradamente o después de escuchar a otros hacerlo.

 

 

¿Cuál sería la alternativa a la queja destructiva?

 

Quejarse no tiene por qué ser sinónimo de debilidad ni de mala educación si se hace con una finalidad constructiva, aportando alternativas y como búsqueda de solución y no como hábito. La frecuencia, la intensidad, el contenido de la queja y la forma de expresarla es lo que marca la diferencia entre lo funcional y lo nocivo. 

 

Quizá no podemos cambiar todo lo que ocurre en nuestra vida y en el mundo en general pero podemos, al menos, intentar tener un poco de autocontrol y quejarnos con menos frecuencia, ser más agradecidos/as con las cosas que sí funcionan o pasarnos a la queja constructiva. Se trata de la queja en la que te permites expresar el malestar por lo ocurrido pero eres capaz de aportar una posible solución (Ejemplo: "¡Qué cansada estoy de este tráfico! Creo que voy a empezar a moverme en bici”) o centrarte en lo que has aprendido con la situación. 

 

 

Yurena Rodríguez.

Psicóloga

 

 

 

 

 

 

 

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